top of page
Buscar

El amor que no posee: Ray y Evangeline como ruptura del romanticismo tradicional.

Escrito por: María Fernanda Posada



Mi película favorita desde pequeña ha sido La Princesa y El Sapo. Sí, esa película donde un príncipe convertido en sapo besa a una mujer que no es princesa, desatando que ambos terminen transformados en sapos. Esto los lleva a emprender una aventura para romper la maldición, encontrándose por el camino con varios personajes que deciden ayudarlos. Es una historia de romance muy al estilo de Disney: sus caminos se cruzan al convertirse en sapos y, obligados a viajar juntos para recuperar su forma humana, pasan de la rivalidad inicial al afecto y finalmente al amor, construyendo un relato marcado por la magia, los desafíos y el clásico final feliz de los cuentos de hadas.


Sin embargo, aunque esa historia es bonita y tradicional, la verdadera razón por la que esta película es mi favorita no tiene que ver con Tiana y Naveen, sino con Ray y Evangeline: la luciérnaga enamorada de una estrella, una estrella que jamás podrá poseer.


Cuando analice el porqué la historia de Ray y Evangeline me marcó más a pesar de ser tan efímera, descubrí que tiene que ver con mi propia experiencia en el amor y como fue mi proceso a la hora de cuestionar el amor romántico en mi vida. Crecí creyendo que amar significaba cumplir con unas reglas específicas: querer incondicionalmente, conseguir mi complemento, el amor todo lo puede, casarse, vivir juntos para siempre, bla, bla, bla... y a pesar de que nunca me cuadraron estas ideas igual las cargaba como si fueran una obligación emocional. Pero después de muchas relaciones un poco cuestionables y varias conversaciones con amigos, entendí que esa no es la única manera de querer y fue ahí donde todo empezó a cobrar sentido respecto a mi amor por Ray y Evangeline. Esta relación es la evidencia clara de que existen otras formas de amar, que no perpetuan esa idea del amor co-dependiente, sino que abren la discusión a un amor desde la admiración.


Desde que nos presentan a Ray en la película se muestra su amor hacia Evangeline, esa estrella solitaria en el cielo que brilla en su independencia, que no se muestra como una figura de correspondencia si no simplemente existe por sí misma. Ray aún así decide amarla, no desde la posesión sino desde la admiración, en un vínculo donde no se sostiene por lo que la otra le devuelve sino en lo que la otra es y que de algún modo ilumina su camino. Lo más poderoso de esta relación es que Ray no limita su sentir ni lo anula, tampoco fuerza la realidad para que encaje a sus necesidades, sino que, en lugar de reprimir su afecto - como solemos hacer cuando algo no es correspondido - Ray decide darle una dirección distinta, Evangeline entonces se convierte en una presencia simbólica qué ilumina su camino, lo cual demuestra que un amor no tiene por qué convertirse en sufrimiento, pues en vez de querer poseer a Evangeline, él deja que esté amor se convierta en brújula y la sigue cuando necesita dirección, porque el amor también puede convertirse en una energía de transformación, poética y de profunda creación, esta orientación convierte su amor en algo que lo acompaña sin consumirlo y que lo transforma sin exigirle renunciar a lo que es.


Amar, al final, también es una elección: un acto que nace del agradecimiento por lo que el otro fue en tu vida, por lo que te enseñó y por lo que te impulsó a ser y a sentir. A veces elegimos amar, incluso cuando ya no hay presencia cotidiana, incluso cuando la historia cambia de forma, porque el amor no se sostiene solo en la realidad inmediata, sino en el eco de lo compartido. Y es que uno sigue amando, de alguna manera, a quienes ya no caminan con nosotros en cuerpo, pero permanecen vibrando en la memoria, en la piel, en los gestos que dejaron. Porque el verdadero amor no se extingue: se transforma, se acomoda, pero nunca se va del todo.


Y tal vez ahí está lo más honesto del amor: que aunque cambien los caminos, aunque la distancia o la vida misma nos muevan a otros lugares, uno sigue sintiendo desde ese espacio íntimo donde nada es obligado y todo es auténtico. Amar así es un acto de valentía silenciosa, una forma de seguir reconociendo la luz que una persona dejó en ti sin retenerla ni exigirle nada. Al final, uno solo puede agradecer, respirar hondo y dejar que ese amor, ya transformado, encuentre su propio lugar. Porque algunos afectos no regresan, pero permanecen; no se repiten, pero resuenan. Y en ese eco suave, casi imperceptible, uno aprende que dejar ir también es otra forma de seguir amando.


Y es por esto que también escribí este texto, este texto es para ese amor que ya no camina a mi lado, pero sigue respirando en la orilla más íntima de mi memoria; un amor que continúo queriendo desde lejos, desde la admiración serena, desde el agradecimiento profundo por lo que fue y por lo que dejó en mí.


A ese vínculo que no exige presencia para existir.


A esa ausencia luminosa que acompaña sin ocupar espacio.


A ti, que sigues siendo luz incluso cuando ya no estás aquí.


Y decido seguir amándote —incluso así, incluso ahora— porque gracias a ti descubrí qué es lo que realmente me moviliza, lo que me sostiene en esta vida y lo que aún hoy me revoluciona el corazón.


Dedicado a todos esos amores que decidimos amar desde la distancia.

 
 
 

Comentarios


bottom of page