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La criminalización de las causas justas: Un manifiesto desde el lado correcto de la historia.

Escrito por: Verónica Beltran



El antifascismo no es un crimen. Es memoria, es dignidad, es resistencia.


Frente a las declaraciones y señalamientos por parte del Republicanismo en Estados Unidos de catalogar al movimiento antifascista como “organización terrorista” —ignorando tanto su carácter descentralizado como su raíz profundamente ética—, levantamos la voz para denunciar una campaña peligrosa: la criminalización de la resistencia al autoritarismo, al racismo y a las luchas a favor de una vida digna distante de las dinámicas de opresión del capital.


El antifascismo, como lo concebimos desde las resistencias obreras, las identidades disidentes y las aproximaciones desde la Latinoamérica oprimida, es una respuesta histórica a la violencia organizada del fascismo, del supremacismo blanco, del colonialismo y de los totalitarismos que han asesinado a millones de las nuestras y los nuestros.

Llamar "terrorismo" al antifascismo es tan grotesco como acusar de terrorismo a quienes se opusieron a Hitler, a Mussolini o a Franco. Es reescribir la historia desde la lógica del verdugo. Es perpetuar las prácticas que condenan a unos explotados al yugo de unos explotadores, aquellas que ordenan el sentido común en torno a la negación de la vida.


Quienes hoy buscan criminalizar al movimiento antifascista, declaran una guerra de olvido a las luchas históricas y procesos emancipatorios. Por ello, desde las organizaciones antifascistas, proponemos una contienda contra el odio promulgado por el fascismo y una anulación de los mecanismos de opinión que nutren sus redes de validación. Esto supone deslegitimar sus discursos, alterando el consumo algorítmico de este tipo de (des)información, por medio de la creación y consumo de contenidos informativos críticos y alternativos.


Viralicemos las apuestas antifascistas, exaltemos el discurso antifascista y sobrepongamos mediáticamente nuestras luchas, es necesario recordar, a través de la propaganda y la acción política, que cada avance fascista ha comenzado con el silencio de los tibios y la neutralidad de los cómplices.


Nos negamos a equiparar la lucha por la justicia con el discurso de odio. Nos negamos a callar ante la manipulación política del lenguaje. Nos negamos a pedir permiso para decir que el fascismo mata, y que oponerse a él es una obligación moral y un deber histórico.

Así, nuestra declaración frente a este suceso tiene tres ejes fundamentales:


1.    La criminalización del antifascismo es una estrategia y articulación institucional que busca fortalecer el fascismo.


2.    El discurso de la seguridad nacional es una herramienta del fascismo para la introducción de arreglos institucionales que validen normativamente la discriminación y el odio.


3.     La verdadera amenaza no es el antifascismo, sino el avance impune del odio, la xenofobia, el autoritarismo y las expresiones fascistas orientadas a la destrucción de las formas de vida disidentes.


Seguiremos en pie. Porque ser antifascista no es un delito: es un deber histórico.

 
 
 

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